El fin de los programas sociales

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Recuerdo el revuelo que causó Francis Fukuyama con su libro el Fin de la Historia (Fukuyama, 1992) que sostenía que, tras el fin de la Guerra Fría, la lucha de ideologías había terminado dando paso a un modelo global basado en una democracia liberal. Su tesis tenía sentido en los albores de la última década del siglo pasado, en donde el mundo tuvo que organizarse, o mayor dicho, sobrevivir y replantearse. Las intervenciones sociales, se volvieron entonces, un brazo importante del estado que, a su vez, permitió una presencia cada vez mayor del tercer sector para dar respuesta a las diferentes problemáticas sociales.

De tal suerte que las intervenciones transitaron de un modelo de costo/ beneficio, al de impacto social. Se trataba de “dejar atrás” visiones asistencialistas o utilitarias de la planificación de los programas sociales. Como lo dice coloquialmente la frase, “enseñar a las personas a pescar”.

Esta forma de intervención social se sustentó con la aportación de autores como: Prahalat con la base de la piramide, Yunnus con el Grammeen Bank, Amartya Sen con todo su análisis de la pobreza, Bernardo Kligsber el concepto de capital social, entre tantos otros que nos han retado a plantear las intervenciones sociales más allá de la variable meramente económica, para así poder reducir la brecha que ocasiona la pobreza.

En este sentido, se incrementaron las propuestas de programas sociales que lograran empoderar a sus beneficiarios para que fueran auto suficientes, resilientes, etc.  Estos enfoques rescataron en un mundo globalizado la importancia del desarrollo de base y local. De ellas han nacido verdaderos ejemplos de transformación social. Sin embargo, el esfuerzo, aunque loable, no logró que se cumplieran los objetivos del milenio y la esperanza de haber erradicado el hambre, y la pobreza, sigue siendo una deuda internacional (y local) latente.

Nos hemos vuelto especialistas en Marco Lógico y Teoría del Cambio, para hacer planteamientos de planificación social más profesionales y sistematizados, pero que muchas veces son metodológicamente consistentes, pero socialmente ineficientes.

¿Por qué? Porque seguimos creyendo que las formas, son los fondos.

Las transformaciones sociales llevan un tiempo mayor al ciclo de vida del proyecto, de las políticas públicas con temporalidad electoral o programas sociales de responsabilidad social cuyo interés principal es el retorno de la inversión social traducido en lealtades de consumidores o acciones de mitigación de riesgo social.

De ahí que los programas sociales, a mi parecer, estén en riesgo de resultar ineficientes o esfuerzos necios que pueden ser sustituidos por acciones asistencialistas, clientelares, o populistas.

A los profesionistas en el tema, nos corresponde hacer planteamientos de planificación que puedan dar una respuesta real a los problemas sociales.

De ahí que toda intervención ha de contar con las siguientes características:

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En la planificación como herramienta metodológica se ha avanzado mucho en hacer planteamientos tanto viables como profesionales. Los recursos metodológicos que aportaron Cohen, Mokate, el marco lógico y más recientemente la teoría del cambio, han permitido tener mayor claridad en el diseño y evaluación de programas y proyectos sociales a través de los diferentes sistemas de indicadores y sugerencias en la programación y alcance de los proyectos, etc.

Sin embargo, aunque la pertinencia ha sido un elemento que se recomienda garantizar desde la teoría, es a mi juicio el criterio más importante y más difícil de diagnosticar y al final, medir.

Las técnicas de diagnóstico y definición de problemas están incompletas si no se entienden las estructuras y características culturales de la población en la que se busca incidir. Los cambios sociales, no se producen si no se trabaja desde el fondo, es decir, si no se entienden las estructuras mentales que cimientan el “terreno” social en el que se evidencia la problemática “x” o “y”.

Tal vez sea pertinente usar un ejemplo para reforzar el punto anterior. Hace un par de meses participé en el rediseño de una organización que trabaja con pueblos indígenas en una ciudad en la que, tradicionalmente, este grupo no es visualizado por su carácter de inmigrante (no es originario de dicha ciudad).

Si bien, la organización desde su inicio (15 años) ha fungido como puente entre la población indígena y la mestiza, su proceso de planificación se clarificó sólo hasta que el equipo dejó de lado la discusión sobre temas administrativos, para enfocarse en el verdadero centro de gravedad: la estructura cultural que ha prevalecido en la población beneficiaria.

En este caso, se reconocieron tres variables que históricamente han estado presentes y que han definido/marcado desde tiempos coloniales la vida de los pueblos originarios: cacicazgos, opresión (ver pie de nota) y sistema económico dependiente. El siguiente esquema ilustra la estructura sobre la que suceden los diversos procesos culturales y relacionales de las comunidades indígenas.

 

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La existencia de cacicazgos, opresión y dependencia, trunca el pleno desarrollo de los pueblos originarios dificultando: el empoderamiento de este grupo, el ejercicio pleno de su identidad y que las políticas y programas orientados al bienestar social no hayan disminuido el rezago de este grupo con respecto al resto de la población.

Este planteamiento, permitió entonces que la organización pudiera plantear intervenciones sociales apuntaladas a poder subsanar los problemas sociales que la población indígena a su vez reconocía tener. De tal suerte, que la planificación hubo de rediseñarse a fin de ser más asertiva.

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Los recursos metodológicos disponibles para todo planificador social son insuficientes si no existe un entendimiento del enramado cultural donde se gesta el problema social que se busca impactar. De ahí depende que los programas sociales sean transformadores de la realidad social y no meros paliativos o, el brazo fuerte del clientelismo político.

 

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